Los temporales que han afectado al país durante los últimos días han dejado consecuencias desastrosas. Como ocurre después de cada catástrofe, las explicaciones oscilan entre la excepcionalidad del evento climático y las fallas de planificación. Ambas son ciertas, pero considero que insuficientes.
Cuando hablamos de la crisis ecológica, tendemos a reducirla a una lista de síntomas medibles: toneladas de carbono, especies en extinción, milímetros de agua caída. Este lenguaje técnico funciona, pero produce una ilusión peligrosa: la de que el planeta es un sistema averiado que expertos e instituciones pueden reparar desde afuera, como quien arregla una maquinaria. Detrás de esta mirada se esconde una idea todavía más profunda y más difícil de desmontar: la convicción de que la naturaleza es un territorio aparte, el escenario sobre el cual actúa la sociedad, pero que no forma parte de ella. Sin embargo, no hay fábrica, ciudad, cultivo o cadena de consumo que no esté hecha, literalmente, de materia ecológica transformada. No existe una economía por un lado y una naturaleza por otro: existe un único tejido donde ambas se entrelazan sin posibilidad de separación real.
Hace casi sesenta años, Lynn White sostuvo que la crisis ecológica tenía un origen mucho más profundo que el desarrollo tecnológico. Su raíz era cultural. Durante siglos, el Occidente judeocristiano construyó una imagen del ser humano como una entidad situada por encima de la naturaleza, llamada a dominarla, ordenarla y extraer de ella todo cuanto fuera posible. La técnica no hizo más que perfeccionar esa manera de comprender el mundo. Kohei Saito retoma esa discusión desde otro lugar. Recupera la noción marxista de metabolismo para recordar algo que parece evidente, pero que no lo es tanto: la sociedad no existe al margen de la naturaleza. Toda economía depende de flujos de agua, energía, minerales, suelos y seres vivos.Cuando esos intercambios se organizan bajo la lógica de una expansión permanente, el metabolismo se fractura. La crisis ecológica aparece entonces como la consecuencia de una economía que desconoce los ritmos y límites de los ecosistemas de los que depende Quizás por eso seguimos interpretando cada desastre como un episodio aislado. Nos preguntamos cuántos milímetros cayeron o cuánto costará la reconstrucción, pero no tanto por la forma en que habitamos el territorio. Construimos sobre humedales, intervenimos quebradas y dunas, reemplazamos bosque nativo por monocultivos y tratamos los ecosistemas como superficies disponibles para cualquier uso. Después hablamos de catástrofes naturales, como si la naturaleza hubiera irrumpido inesperadamente en un orden que era exclusivamente humano.
En ese contexto, la insistencia del gobierno en acelerar inversiones mediante la flexibilización de permisos ambientales revela algo más que una determinada política económica. Expresa una forma de entender el desarrollo, la misma que describía White, y asume la premisa de que los principales límites al crecimiento son institucionales y que basta remover regulaciones para liberar el potencial productivo del país. Sin embargo, los ciclos hidrológicos, la regeneración de los suelos o la capacidad de un humedal para absorber agua no responden a decretos ni a mayorías parlamentarias.
No se trata de sostener que toda regulación ambiental sea adecuada ni que cualquier proyecto deba paralizarse. La cuestión es otra: ninguna política económica puede suspender la dependencia material que tenemos respecto de los ecosistemas. La naturaleza no constituye un límite externo al desarrollo, es la condición que lo hace posible.
Mientras esa separación siga organizando nuestra forma de producir, de construir ciudades y de imaginar el progreso, seguiremos enfrentando cada desastre como una sorpresa, cuando en realidad forman parte de una relación que hace tiempo comenzó a quebrarse.
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